Aunque el cine ha marcado la imagen colectiva del exorcismo —sacerdotes católicos, agua bendita y luchas espectaculares entre el bien y el mal—, la práctica tiene raíces mucho más profundas y variadas. Su historia se extiende por milenios y atraviesa culturas que concebían el mal de formas distintas, desde la impureza espiritual hasta la posesión demoníaca.
En Mesopotamia, alrededor del primer milenio a. C., figuras conocidas como ašipu actuaban como sanadores espirituales responsables de expulsar demonios asociados a enfermedades y caos. Utilizaban amuletos, rituales complejos e incluso entidades sobrenaturales auxiliares para restaurar el equilibrio. En el mundo griego, el término daimon designaba tanto espíritus benévolos como malignos, y estos últimos también podían ser exorcizados. Incluso en la tradición judía existen relatos tempranos, como el del historiador Flavio Josefo, quien narró cómo un hombre llamado Eleazar expulsaba un espíritu maligno invocando al rey Salomón.
Con la expansión del cristianismo entre los siglos I y III d. C., el exorcismo adquirió un papel central para unir a los fieles y reforzar la identidad cristiana frente a las creencias paganas. Renunciar al paganismo pasó a ser parte esencial del bautismo, y los candidatos eran sometidos a exorcismos diarios previos al rito. Con el tiempo, la práctica se integró también en otras ceremonias, como la unción con aceite exorcizado y las imposiciones de manos.
Durante la Edad Media, el exorcismo tomó un rumbo teológico más definido, impulsado por la aparición de sectas consideradas heréticas. Teólogos como Santo Tomás de Aquino sentaron las bases doctrinales y, hacia 1400, surgieron los primeros manuales formales. El Rituale Romanum de 1614 consolidó el modelo que perduró hasta su actualización en 1999.
Hoy, los exorcismos católicos mantienen elementos esenciales de sus versiones antiguas, reflejando una tradición que, lejos de desaparecer, ha acompañado la evolución espiritual y cultural de la humanidad.




