Cuando los astrónomos buscan planetas capaces de albergar agua líquida —ingrediente esencial para la vida— comienzan por explorar la llamada zona habitable de una estrella. Se trata de la región donde las temperaturas permitirían que el agua no hierva ni se congele. Sin embargo, estar dentro de esta franja no garantiza que un mundo sea habitable: la actividad geológica, la composición atmosférica y los mecanismos que regulan los gases también desempeñan un papel fundamental.
En la Tierra, el efecto invernadero natural mantiene la temperatura adecuada gracias al dióxido de carbono y al vapor de agua. Sin esta atmósfera, el planeta sería un desierto helado. De este equilibrio surge el concepto de zona habitable, que se apoya también en el estudio de mundos vecinos: Marte, apenas fuera del límite exterior, conserva huellas de antiguos ríos; Venus, hoy abrasador, pudo haber tenido agua en el pasado.
Pero la verdadera clave para mantener un ambiente estable durante millones de años está en los procesos planetarios. En la Tierra, el ciclo del carbono —impulsado por volcanes, océanos, erosión y placas tectónicas— actúa como un termostato natural que evita extremos climáticos. Este mismo ciclo permitió que la vida surgiera y persistiera.
Hoy los científicos buscan señales de procesos similares en exoplanetas. La composición de sus atmósferas puede revelar si poseen actividad geológica, tectónica o ciclos químicos comparables a los terrestres. Para ello, necesitan observar muchos planetas rocosos y comparar la cantidad de dióxido de carbono con la energía que reciben de sus estrellas.
El futuro Observatorio de Mundos Habitables de la NASA, previsto para la década de 2040, será clave. Este telescopio espacial analizará directamente atmósferas de planetas del tamaño de la Tierra, buscando gases como CO₂, metano, vapor de agua y oxígeno. Sus “huellas químicas” podrían revelar no solo si un planeta tiene agua líquida, sino si los procesos que regulan el clima terrestre se repiten en otras partes de la galaxia.




