El 8 de enero de 2016, David Bowie entregó al mundo Blackstar, un disco que hoy es considerado una de las despedidas más poderosas y conmovedoras en la historia de la música. Apenas dos días después de su lanzamiento, el artista británico falleció a los 69 años, tras una batalla privada contra el cáncer que solo conocía su círculo más cercano.
Lejos de ser un álbum convencional, Blackstar funciona como una profunda exploración artística de la mortalidad. Canciones como “Lazarus”, cuyo video muestra a Bowie postrado en una cama y desapareciendo simbólicamente en un armario, adquirieron un significado devastador con el paso del tiempo. Versos como “Tengo cicatrices que no se pueden ver” hoy resuenan como una confesión final.
Más allá de su carga emocional, Blackstar reafirmó el espíritu creativo incansable de Bowie. Decidido a evitar el rock tradicional, el músico se adentró en un sonido dominado por el jazz experimental, apoyado por la banda del saxofonista Donny McCaslin y músicos de la escena neoyorquina. El resultado fue un disco arriesgado, sofisticado y profundamente contemporáneo.
El proceso creativo estuvo marcado por una libertad total. Bowie alentó a los músicos a dejarse llevar, sin preocuparse por etiquetas ni estructuras convencionales. Incluso encontró inspiración en To Pimp a Butterfly de Kendrick Lamar, un álbum que admiraba por su fusión de jazz, funk y soul dentro del hip-hop moderno.
Blackstar no solo cerró la carrera de David Bowie: la elevó. Fue la confirmación de que, hasta el último momento, el Duque Blanco se mantuvo fiel a su esencia camaleónica y revolucionaria. Diez años después, el disco sigue siendo un recordatorio de que el arte verdadero puede transformar incluso la despedida en eternidad




