Seguir un olor en la naturaleza es mucho más complejo de lo que parece. Para los insectos, el aroma de una flor no es una nube uniforme, sino un rastro fragmentado y cambiante, deformado constantemente por el viento y la turbulencia. Comprender cómo logran orientarse en medio de ese caos ha sido un reto científico durante décadas.
Ese enigma comenzó a resolverse gracias al trabajo de Elle Stark, investigadora doctoral de la Universidad de Colorado en Boulder, cuyo proyecto fue reconocido en el Gallery of Fluid Motion 2025 de la American Physical Society. Por primera vez, su equipo logró visualizar con gran precisión cómo se mueve un olor en condiciones naturales, al mismo tiempo que se medía el flujo del viento que lo transporta.
El experimento se realizó al aire libre y utilizó acetona como marcador del olor. Mediante técnicas avanzadas de imagen —fluorescencia inducida por láser (PLIF) para el rastro aromático y velocimetría por imagen de partículas (PIV) para el viento— los científicos observaron que el olor no avanza de forma continua, sino en filamentos intermitentes, moldeados por remolinos y vórtices de aire.
Este comportamiento implica que los insectos no siguen un camino recto, sino que reaccionan a señales olfativas incompletas y cambiantes, interpretando rápidamente fragmentos de información para orientarse. El hallazgo redefine la forma en que se entiende la navegación sensorial en animales.
Más allá de la biología, el estudio tiene aplicaciones potenciales en la detección de fugas de gas, la búsqueda de contaminantes y el desarrollo de robots con olfato artificial. Una pregunta simple —cómo viaja un olor— revela así una compleja interacción entre física, naturaleza y tecnología.




