Bertha “La Loca”, personaje potosino

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Tan sólo escuchar su nombre me hace recordarla parada en la esquina de Pascual M. Hernández con Xicoténcatl, abundantemente abrigada con varios juegos de ropa que usaba una sobre la otra rematando con un grueso abrigo de lana que había visto mejores tiempos, sosteniendo con su brazo izquierdo un gran tambache de trapos y en la mano derecha que lucía un anillo de oro con una piedra roja, tal vez rubí, una colilla de cigarro, de la marca que fuera y que recogía del suelo, con la cabeza cubierta dejando ver algunos mechones entrecanos que en otro tiempo debieron ser de algún castaños de tono claro, tez blanca surcada de arrugas, cuello delgado y elegante, gesto severo, mirada extraña que parecía verlo todo y a la vez nada, cuando hablaba dejaba ver la ausencia de varias piezas dentales.

Así la veo en mis recuerdos parada en esa esquina envuelta en un monólogo, lanzando severas filípicas a los yanquis, usando un español muy castizo con palabritas y palabrotas de todos tamaños y colores. Sufría un aparente delirio de persecución, no permitía que nadie la tocara y si alguien pasaba junto a ella, demasiado cerca, se hacía acreedora de un fuerte manazo.

Bertha era muy selectiva socialmente hablando, no pedía limosna, quizás un cigarrillo y no a cualquiera, pero si alguien le regalaba algo lo tomaba aunque poco lo agradecía, una de las pocas personas a las que acostumbraba visitar era a la Sra. Salas, en la calle de Abasolo y sus hijas recuerdan las largas pláticas que con paciencia atendía su madre con Bertha, de los momentos de lucidez cuando trocaba su rostro desquiciado por uno amable y la mirada perdida por una de añoranza como queriendo ver imágenes del pasado, y contaba que de niña se bañaba en el Sena, el río Sena y que conocía el palacio de Versalles, y hacía una precisa y puntual descripción de todo él. La sra. Salas le regalaba algo de ropa para que cambiara sus harapos y en la siguiente visita Bertha lucía la ropa regalada, encima de los harapos.

Bertha vivía en una vecindad que se encontraba en la calle de Fuero, a dos cuadras de la Calzada de Guadalupe, cuentan que, en las noches, muchas veces le daba por cantar o echar al aire sus acostumbrados discursos incoherentes y plagados de improperios, y eso sí, tenía una voz muy sonora que muchas veces no dejaba dormir a los demás inquilinos de la vecindad y optaban por cambiar de domicilio a otra vecindad; a Bertha no podían correrla de la vecindad, dicen los que saben o creen que saben, por la simple y sencilla razón de que era la dueña.

Un día atropellaron a Bertha en la calle de Morelos, a escasa media cuadra del mercado Tangamanga que antes conocíamos como de la Merced, nadie sabe qué daños le produjo el golpe que recibió, pero ella no se podía levantar, llegó la ambulancia pero armó tremendo pancho que no pudieron llevarla a ningún servicio médico, no permitía que la tocaran y lanzó manazos y mordidas, lo mas que lograron fue colocarla en la banqueta y pensando tal vez que por la energía con que respondió al auxilio, no tendría nada grave, y ahí permaneció dos días y finalmente murió.

La genial acuarelista Laura Leticia realizó una pintura de ella, retratándola con todo precisión, es el único documento que puede existir de ella, lo demás, son recuerdos que se convierten en leyenda que se va perdiendo en el tiempo.

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