Un reciente estudio publicado en la revista Scientific Reports ha revelado una faceta inesperada de los mosquitos: además de ser conocidos por alimentarse de sangre, pueden funcionar como auténticos sensores ecológicos, capaces de almacenar información genética de la fauna que habita en su entorno.
La investigación fue realizada en la reserva DeLuca, en Florida, donde un equipo encabezado por las científicas Hannah Atsma y Lawrence Reeves recolectó más de 50 mil mosquitos de 21 especies distintas a lo largo de ocho meses. De este total, se analizaron más de 2 mil hembras con sangre reciente en el abdomen. Los resultados fueron contundentes: se identificó ADN de 86 especies de vertebrados, entre mamíferos, aves, reptiles y anfibios.
El hallazgo confirma que cada mosquito actúa como una cápsula microscópica de biodiversidad, conservando fragmentos de ADN durante aproximadamente 48 horas. Gracias a esta breve ventana temporal, es posible reconstruir con gran precisión qué especies habitan un ecosistema y en qué momento, incluso aquellas que son nocturnas, esquivas o difíciles de observar mediante métodos tradicionales.
El estudio destaca que algunas especies de mosquitos, como Culex nigripalpus, resultan especialmente eficaces para este tipo de análisis, ya que se alimentan de una amplia variedad de hospedadores. Esta técnica permitió detectar especies raras, invasoras y hasta en riesgo, lo que abre nuevas posibilidades para el monitoreo de la biodiversidad, la conservación ambiental y la detección temprana de cambios ecológicos.
Aunque la idea recuerda a la ficción de Parque Jurásico, donde se recupera ADN a partir de mosquitos fosilizados, los científicos subrayan que este método no revive especies extintas, pero sí ofrece una herramienta no invasiva, complementaria y de bajo impacto para estudiar la vida silvestre.
El uso de ADN ambiental a partir de mosquitos podría marcar un antes y un después en la forma de observar y comprender los ecosistemas naturales.




