Durante décadas se pensó que el fondo marino era un entorno estable, protegido de los cambios bruscos del clima. Sin embargo, una nueva investigación científica ha revelado un fenómeno poco conocido y potencialmente devastador: apagones repentinos de luz bajo el océano, capaces de alterar ecosistemas completos en cuestión de días.
Un estudio publicado en la revista Communications Earth & Environment, liderado por el investigador François Thoral, introduce el concepto de “marine darkwaves” (MDWs) u olas oscuras marinas. Estos eventos se definen como periodos breves pero intensos en los que la luz submarina cae a niveles extremadamente bajos —por debajo del percentil 10 histórico— durante al menos cinco días consecutivos.
A diferencia del oscurecimiento costero gradual asociado a la contaminación, las darkwaves ocurren de forma abrupta y extrema, sorprendiendo a los organismos que dependen de la luz para sobrevivir. La investigación se basó en más de 20 años de datos recopilados en las costas de California y Nueva Zelanda, así como en observaciones satelitales del lecho marino.
Los resultados son contundentes: se detectaron eventos que duraron hasta 64 días, con pérdidas de luz cercanas al 100%. Uno de los casos más severos ocurrió en California en 2021, cuando durante un mes completo la iluminación submarina se redujo casi en un 80%.
La luz es esencial para algas, corales y pastos marinos, pero también regula el comportamiento de peces, tiburones y otras especies. Una disminución repentina puede afectar la fotosíntesis, el crecimiento, la reproducción y los patrones de actividad, generando impactos ecológicos comparables a los de las olas de calor marinas.
El estudio también reveló que estos apagones no afectan por igual a todas las profundidades. En Nueva Zelanda, algunos eventos se registraron a 7 metros sin replicarse a 20 metros, lo que apunta a procesos locales como la estratificación del agua o la suspensión de sedimentos.
Entre las causas identificadas se encuentran floraciones de fitoplancton, tormentas intensas, ciclones, remoción de sedimentos y escorrentías cargadas de materia orgánica provenientes de tierra firme. Las actividades humanas, como la deforestación, la agricultura intensiva y los incendios forestales, también juegan un papel clave al aumentar la turbidez del agua.
Los autores advierten que, aunque estos eventos han pasado desapercibidos durante años por la falta de sensores submarinos, ocurren con mayor frecuencia de lo que se creía. Por ello, proponen incorporar las marine darkwaves como un nuevo indicador de estrés oceánico, junto a fenómenos ya conocidos como el calentamiento, la acidificación y la desoxigenación del mar.
La investigación concluye con un llamado urgente a mejorar el monitoreo de la luz submarina, ampliar las redes de observación y adoptar un enfoque integral que conecte lo que ocurre en tierra con la salud de los océanos. Porque incluso en las profundidades, la oscuridad repentina puede marcar la diferencia entre la vida y el colapso ecológico.




