Lejos de ser una preocupación exclusiva de la modernidad, el control de la reproducción fue una práctica documentada en la Roma de finales de la República y los primeros siglos del Imperio. Textos médicos, en especial tratados ginecológicos, evidencian un conocimiento amplio sobre métodos anticonceptivos y abortivos, así como reflexiones éticas en torno a su uso.
Aunque la sociedad romana promovía la maternidad y la reproducción, esta visión pronatalista no excluyó el empleo de estrategias para espaciar o evitar embarazos. Las mujeres romanas, particularmente en contextos urbanos y aristocráticos, recurrieron a estos saberes como una forma de gestionar la salud, la economía familiar y la continuidad del linaje.
La medicina romana establecía una distinción clara entre evitar la concepción y interrumpir un embarazo. Prevenir era considerado menos riesgoso y moralmente preferible. Dado que la concepción se entendía como un proceso gradual, muchas prácticas se ubicaban en una zona ambigua entre la anticoncepción y el aborto temprano, lo que permitía cierta flexibilidad en su justificación médica.
Entre los métodos más comunes se encontraban la regulación del momento del coito, la abstinencia en periodos considerados fértiles, el coitus interruptus y prácticas corporales destinadas a evitar la retención del semen. También se empleaban sustancias aplicadas localmente —como aceites y ungüentos— para crear barreras físicas, así como la ingestión de plantas con efectos sistémicos, algunas de ellas potencialmente dañinas para la salud.
La frontera entre anticoncepción y aborto temprano era difusa. En las primeras semanas de gestación se recomendaban ejercicios intensos, cambios en la dieta o baños prolongados para impedir el desarrollo del embrión. Estas prácticas formaban parte del repertorio médico, siempre que se evitaran intervenciones que pusieran en riesgo la vida de la mujer.
Un cambio significativo se dio cuando estos conocimientos dejaron de asociarse exclusivamente con la prostitución y comenzaron a dirigirse a mujeres casadas. La medicina imperial reconoció que el embarazo podía representar un riesgo físico y que la reproducción debía conciliarse con el bienestar femenino.
Así, el control de la fertilidad en la Roma antigua revela una relación pragmática con la maternidad. Las mujeres no rechazaban la reproducción, sino que buscaban hacerla compatible con su salud y las condiciones de vida. Este panorama cuestiona la idea de que el control reproductivo sea una invención moderna y subraya el papel activo de las mujeres romanas en la gestión consciente de su fertilidad.




