Plástica

El iceberg chileno en Sevilla

Una imagen incómoda y necesaria de identidad

A comienzos de la década de 1990, cuando el mundo celebraba el fin de la Guerra Fría y el progreso parecía una promesa infinita, Sevilla fue sede de la Exposición Universal de 1992. Entre los pabellones nacionales que buscaban mostrar su identidad al mundo, Chile optó por un gesto inesperado: trasladar un enorme iceberg desde la Antártica hasta el calor andaluz.

La idea fue del diseñador y artista Juan Guillermo Tejeda, quien decidió romper con los estereotipos visuales asociados a Latinoamérica. En lugar de artesanías, trajes típicos o imágenes folclóricas, el iceberg funcionó como una declaración simbólica de ruptura y reinicio, justo cuando el país emergía de casi dos décadas de dictadura.

La propuesta no estuvo exenta de críticas. Algunos señalaron que el gesto “blanqueaba” la historia reciente, omitía la violencia política y se alineaba con una visión del fin de la historia marcada por el consumo y la modernidad global. Sin embargo, para otros, el iceberg representó una imagen poética, inquietante y profundamente honesta: un fragmento del extremo sur chileno desplazado al centro del mundo.

El sur de Chile, la Patagonia y Tierra del Fuego han sido construidos tanto por la literatura como por la memoria histórica. Escritores como Francisco Coloane forjaron un imaginario de paisajes vastos, soledad, aventura y violencia, donde conviven marineros, ballenas, forajidos y territorios marcados por la colonización tardía y el exterminio de pueblos originarios como los selk’nam.

En ese contexto, el iceberg no fue solo una pieza expositiva, sino una metáfora: del aislamiento, de la historia no resuelta y de una identidad que se mueve entre la promesa del desarrollo y las sombras del pasado. Una imagen incómoda, sí, pero también necesaria.

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