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El templo de los deseos

Isabel, de 15 años de edad, vacacionaba con su padre en la ciudad. Después de recorrer museos, el centro histórico y las grandes plazas los días pasados, decidieron ese día ir al Parque Mundial justo contiguo al centro histórico. Aquel parque se alzaba como un gran receso de la urbanidad; era muy famoso a nivel mundial, en especial por arquitectos, porque contenía edificaciones que representaba a cada uno de los países.

A Roberto, padre de Isabel, le intrigaba las diferentes propuestas desde que estaba en la universidad estudiando arquitectura, tan era su afán que cada que iban a la ciudad le gustaba ir al Parque Mundial a disfrutar de nuevos los recovecos de las construcciones recordando a los grandes arquitectos; además le gustaba mezclarse entre la gente para ser guía turístico y así hablarles sobre cada una de las piezas arquitectónicas, no sin antes llenarlos de contexto histórico. Roberto perdía todo el día en el parque siempre rodeado del tumulto de gente que se intrigaba en su plática. En el caso de Isabel, le intrigaba el lugar pero después de varias veces de ir con su padre ya hasta se sabía sus palabras.

Ella prefería ver la naturaleza que llenaba el lugar; pasaba horas contemplando el follaje de los robustos árboles, las flores que flanqueaban los caminos de roca que llevaba a las edificaciones, las aves, las ardillas y demás. Sin embargo tenía un gusto compartido con su padre, el templo de los deseos, que era la ponencia de un arquitecto que representaba a Japón. Era la construcción más alejada del parque pero no por eso la menos visitada. Se encontraba encima de un pequeño lago en el cual el lirio de agua y peces endémicos de Japón, traídos por deseos del arquitecto, habían encontrado su hábitat.

El pequeño templo se encontraba en medio de ese lago y para acceder a él se encontraba un puente de madera. El templo era una mezcla de modernidad con antiguos templos japoneses con una luminosidad que hacía juego con el agua del lago. En el interior impactaba la predominancia del color oro; se sentía que el templo era más grande desde adentro porque albergaba hasta 60 personas sin pasar claustrofobia. Entrando se encontraba en el centro una fuente de dos pisos rectangulares separados por un gran eslabón para hacer un efecto de cascada que servía a los turistas para tirar monedas a cambio de un deseo. Varias representaciones de dioses ficticios con características japonesas y algunas de otras regiones del mundo adornaban el lugar, pero una en especial era la máxima atracción: la del dios de los deseos, que tenía ante sus pies seis pequeñas almohadillas para reposar las rodillas de aquellos que le quisieran orarle.

A Isabel le gustaba cada parte de aquel templo; le gustaba atravesar el puente de madera, alimentar los peces bigotones, ver a las personas tirando grandes cantidades de monedas a la fuente y repasar una y otra vez los ornamentos de cada dios. Le era grato observar cómo las personas pasaban a hincarse ante el dios de los deseos y hasta veía como algunos confundían su religión al persignarse. En esta ocasión divisó que había más gente de la usual pero no le importo en absoluto.

Caminó entre el olor a incienso que se mezclaba con el olor de la multitud. Lo recorrió como siempre lo hacía, sorprendiéndose como siempre. Recordó que su padre se había quedado atrás dando un tour por las edificaciones sudamericanas; pensó que lo más seguro es que lo toparía en el mismo lugar ya cuando ella haya acabado de ver todo este templo. Recordó también cuando estaba chica y su padre le daba calderilla para aventar a la bella fuente y así pedir un deseo; ella siempre quería pedir varios deseos pero su padre le decía que solo aquél que se haga verdaderamente con el corazón se iría a cumplir, entonces, con el corazón en la mano y la inocencia de niña, ella pedía a la fuente conocer a su madre que había fallecido en el momento de su parto. Nunca le había contado a su padre de aquel incesante deseo.

Ahora ya no tiraba monedas, solo veía como se distorsionaba su figura en el agua. Suspiró para alejar el recuerdo y siguió su camino. Se acercó hacia el dios de los deseos pasando entre la gente; el bullicio se asimilaba al de un mercado. Vio una almohadilla desocuparse y pasó a hincarse. Vio de nuevo el sentado y robusto cuerpo del dios, vio sus manos llenas de barro, vio su vestimenta ornamentada con plata y oro y vio el pequeño letrero que decía en japonés y español: dios de los deseos.

Lo observó con la misma inocencia que la primera vez; además recordó que su padre le mencionaba historias de personas que habían pedido su deseo ante el dios y se los había concedido; imaginó las reacciones que tendría ella de niña al oír las historias y se ruborizó un poco. El templo siempre había sido un lugar mágico para ella; le gustaba venir y hacer exactamente lo mismo una y otra vez porque lo sentía como un receso de su vida de adolescente. Además era el gusto heredado de su padre.

Cerró los ojos, sabía que estaría mucho tiempo en el parque por su padre pero no le importaba en lo más mínimo. Pensó en meditar un poco pero desechó la idea porque con el ruido de la gente le costaría concentrarse porque se sentiría apresurada. Respiró hondo y abrió los ojos, era tiempo de regresar a las ponencias sudamericanas y encontrar a su padre. Sería fácil encontrarlo pues estaría rodeado de turistas como era lo usual.

Se incorporó lentamente para encarar su camino de regreso, sin embargo se quedó inmóvil al sentir que el lugar en el que se encontraba había cambiado. Talló sus ojos por su escepticismo; fue en vano, el templo había sufrido un repentino cambio.

Se encontraba en la misma arquitectura pero el ambiente era diferente. Se sentía confundida; tan solo había pasado un instante y con eso el templo había apaciguado sus colores vivos. Sentía que el tiempo se había saltado unas horas. Parecía que había atardecido de repente. También había desaparecido el bullicio; volteó a sus lados a ver si alguien se encontraba allí pero todos habían desaparecido. No lo comprendía. Cerró los ojos, pensó que se había dormido. Los abrió y todo seguía en silencio. La intriga inundó sus pensamientos.

Comenzó a recorrer el templo para ver si alguien estaba con ella pero fue en vano. Todo el lugar estaba solo. Le resultó extraño el sentimiento de calma que le dio al encontrarse sola en el templo. Alzó la voz para ver si alguien contestaba; nadie lo hizo. Trató de ver el puente de madera pero estaba cubierto de una densa neblina; parecía que el puente la conduciría a la nada. Decidió no encarar la neblina por miedo a perderse.

Observó que en la fuente el agua había dejado de fluir y que todas las monedas habían desaparecido. No sabía qué había pasado. Recorrió de nuevo todo el templo sin encontrar nada nuevo. Se sentía perdida en aquel lugar que conocía a la perfección. Buscó en todas las estatuas algo diferente que le ayudara a comprender pero no encontró nada relevante. Volvió de nuevo ante el dios de los deseos tratándose de explicar qué había pasado.

«De seguro estoy dormida. –Pensó− Tan solo tengo esperar a que despierte». Se hinco de nuevo en la almohadilla a esperar y observó al dios. Pensó que sus manos llenas de barro habían cambiado de lugar, después desechó la idea pero una extrañeza comenzaba a nacer de su mente. Se sintió confundida sin saber por qué. Sintió como esa extrañeza en su mente se convertía en un murmullo y trató de cebarlo. No pudo. Era algo extraño que algo en su mente no se pudiera callar. Cerró los ojos para concentrase pero el murmullo cada vez se hacía más grande. No podía apagarlo. Entonces le ganó la intriga y dejó que aquel murmullo la inundara; era una voz fuerte, lenta, vieja y varonil. No entendía las palabras pero los conceptos eran muy claros en su mente; la voz le incitaba a pedir un deseo. Se quedó muda por un momento.

La voz seguía insistiendo. No concebía lo que pasaba sin embargo decidió hacerle caso. «Solo el deseo que se haga verdaderamente con el corazón se cumplirá −dijo la voz que se entremezclaba con los recuerdos que tenía de su padre». Como inherencia sabía Isabel qué deseo pediría. Sabía que el dios de los deseos conocía el deseo que pediría pero quería que ella lo dijera. Tenía solo ese deseo en su mente.

Abrió los ojos, miró a la cara a la estatua del dios y, recordando a la niña que por primera vez fue al templo, enunció su deseo más profundo: «Deseo… conocer a mi madre». La habitación se tiñó más oscura. La voz del dios de los deseos resonó en toda su mente diciendo: «No se puede concebir ese deseo. Los únicos deseos que no se pueden cumplir son los que interfieren con la vida y la muerte o con algún otro deseo». Isabel se quedó inmóvil con un sollozo que nacía desde su pecho. No sabía qué decir. Se produjo un silencio que exacerbaba el vacío. Isabel trató de decir algo pero solo temblaba su voz.

Un instante después prosiguió el dios: «Tu deseo se pide con el corazón pero se encuentra fuera de mis capacidades. Lo mismo le dije a tu madre.

Ella sabía que traer una hija al mundo sería muy complicado para su cuerpo.

Ella sabía que el riesgo siempre estaría latente y que le sería imposible sobrevivir al tenerte.

Ella quería que le diera vida para sobrellevar eso.

Le expliqué que los deseos de vida y muerte no se podían concebir tal como lo hice contigo. Aun así, tu madre decidió tenerte a ti, Isabel». En los ojos de Isabel se empezaron a esbozar lágrimas que remarcaban su silencioso llanto.

«Tu deseo me es imposible porque interfiere con el deseo de tu madre». «… entonces… ». «Interfiere porque un deseo no se puede pedir dos veces. Después de que rechacé el primer deseo de tu madre, ella deseo que quería conocerte. Por eso he creado este espacio para que los tiempos coincidan; ella en el pasado y tú en el presente. Las he sumergido en una pequeña realidad en donde el tiempo no importe para que se pudieran conocer. Anda Isabel, observa quién está a tu lado, esa mujer hincada en la almohadilla contigua es tu madre. Anda Isabel, habla, que tu madre y tú tienen mucho de qué hablar… »

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