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Guillermo del Toro deslumbra en Venecia con su Frankenstein

La crítica coincidió en que se trata de una experiencia cinematográfica inolvidable.

En la cuarta jornada del 82º Festival Internacional de Cine de Venecia, el público vivió un contraste marcado entre la espectacularidad del filme-evento de Guillermo del Toro y la modestia de un documental italiano que retrata la vida bajo la sombra de un volcán.

El director mexicano presentó finalmente su ansiado Frankenstein, proyecto con el que soñaba desde hace tres décadas y que, con un presupuesto de 120 millones de dólares y dos horas y media de duración, se convirtió en la obra más comentada del certamen. La crítica coincidió en que, más allá de posibles defectos, se trata de una experiencia cinematográfica inolvidable.

Del Toro logra lo que ninguna de las medio centenar de versiones anteriores había hecho: respetar el espíritu y el subtítulo de la novela de Mary Shelley, Un moderno Prometeo. En lugar de centrarse únicamente en el terror, el cineasta convierte la historia en una reflexión filosófica sobre el bien y el mal, la vida y la muerte, la culpa y la responsabilidad. Por primera vez, el “Monstruo” tiene voz propia y se revela más inocente que su creador.

El filme está dividido en tres capítulos, comenzando con un prólogo que recupera el inicio original de la novela en el Polo Norte. Con un estilo visual deslumbrante y una carga emocional profunda, la cinta confirma el sello autoral de Del Toro en el competitivo terreno del blockbuster.

Jacob Elordi sorprende con una transformación física y actoral impactante en el papel de la criatura, mientras Oscar Isaac interpreta a un Frankenstein cargado de ambición y ego. La música de Alexandre Desplat refuerza la grandeza del relato, acompañada por la fotografía de Dan Laustsen y la escenografía gótica de Tamara Deverell.

En contraste, el documental Sotto le nuvole de Gianfranco Rosi, que retrata la vida en Nápoles bajo la amenaza latente del Vesubio, resultó discreto frente al despliegue del mexicano. Pese a ello, ofreció momentos de interés en su recorrido por la vida cotidiana y cerró con una secuencia memorable en la ciudad sumergida de Baia, donde estatuas milenarias esperan, entre agua y arena, el fin de nuestra civilización.

Venecia volvió a dejar claro que entre lo íntimo y lo espectacular, el cine mantiene su capacidad de provocar asombro.

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