El biólogo Lucas Simões, del Instituto Butantan en Brasil, aclara que, aunque algunos casos han sido confirmados científicamente, se trata de episodios raros y muy localizados.
Las únicas especies con registros verificados de ataques fatales a humanos son las pitones reticuladas (Malayophyton reticulatus), en zonas rurales del sudeste asiático. La anaconda verde (Eunectes murinus), a pesar de su tamaño imponente y capacidad para cazar grandes animales como caimanes o carpinchos, no tiene antecedentes documentados de haber devorado a personas.
Estas serpientes no son venenosas, pero sí potentes depredadoras. Su método de caza es la constricción: tras atrapar a la presa, la envuelven con su cuerpo y ejercen una presión muscular tan intensa que provoca colapso circulatorio y paro cardíaco en minutos, más que asfixia como comúnmente se cree.
Su capacidad para tragar animales de gran tamaño se debe a adaptaciones únicas: mandíbulas divididas en dos partes que se separan para abrir la boca de forma extrema, costillas y vértebras flexibles que permiten expandir el cuerpo, y un sistema digestivo preparado para descomponer presas enteras.
Aun así, los humanos no forman parte de su dieta natural. Los ataques a personas ocurren solo en circunstancias muy específicas, generalmente en zonas donde la presencia humana y la de estas serpientes coincide estrechamente, como aldeas o áreas agrícolas cercanas a su hábitat.
La pitón reticulada y la anaconda verde cumplen roles ecológicos cruciales, controlando poblaciones de mamíferos, aves y reptiles en sus ecosistemas. Demonizarlas por estos rarísimos incidentes ignora su valor en la naturaleza.
En palabras de Simões, conocido en Butantan como “el encantador de serpientes”: “Es más mito que realidad pensar que una serpiente podría atacarnos de forma deliberada. La gran mayoría de las especies ni siquiera tendría la capacidad física para hacerlo”.




