Plástica

Lilia Carrillo: el silencio hecho pintura

En sus últimas etapas, su pintura incorporó texturas, referencias orgánicas y veladas alusiones a la figura humana

Lilia Carrillo (1930–1974) fue una de las figuras clave del abstraccionismo lírico en México, con una trayectoria breve pero profundamente influyente. Nacida y fallecida en la Ciudad de México, se formó en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, donde fue alumna de maestros como Agustín Lazo, Pablo O’Higgins y Carlos Orozco Romero.

Aconsejada por Juan Soriano, Carrillo viajó a París en 1953 para estudiar en la Academia de la Grande Chaumière. Allí entró en contacto con la vanguardia europea de la posguerra y el pensamiento existencialista de Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre y Albert Camus, influencias que marcaron su obra con una profunda carga introspectiva. En la capital francesa consolidó un lenguaje automatista que derivó en una abstracción lírica cercana al informalismo.

La crítica Margarita Nelken fue la primera en reconocerla como abstraccionista lírica en 1957, visión que más tarde confirmaría Juan García Ponce. Carrillo desarrolló una pintura donde el blanco, el vacío y la mancha de color eran elementos estructurales. Para ella, el lienzo era un espacio de exploración silenciosa, donde dibujo y pintura se fundían en un solo gesto.

Durante los años sesenta formó un sólido frente artístico junto a Manuel Felguérez, Vicente Rojo y Fernando García Ponce, defendiendo la abstracción en un contexto aún dominado por el figurativismo. Aunque su obra fue incomprendida al inicio, con el tiempo ganó reconocimiento crítico y de coleccionistas.

En sus últimas etapas, su pintura incorporó texturas, referencias orgánicas y veladas alusiones a la figura humana, sin abandonar la abstracción. Lilia Carrillo murió en 1974, dejando una obra intensa y poética que hoy es considerada fundamental para entender el arte abstracto mexicano del siglo XX.

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