Nacida en San Juan de los Lagos, Jalisco, María Izquierdo (1902–1955) es una de las figuras más importantes del arte mexicano del siglo XX y un símbolo de resistencia femenina en un medio dominado por hombres. Casada muy joven con un militar y madre de dos hijos, Izquierdo tomó una decisión audaz para su época: separarse, mudarse sola a la Ciudad de México y dedicarse a la pintura.
Ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde se formó bajo la guía del pintor Germán Gedovius. Su talento pronto destacó y en 1929 presentó su primera exposición individual en la capital del país, un logro notable que la llevó poco después a exponer en el Arts Center de Nueva York, consolidando su proyección internacional.
Ese mismo año inició una relación personal y artística con Rufino Tamayo. Durante cuatro años compartieron estudio y desarrollaron obras con claras correspondencias estilísticas, abordando temas como naturalezas muertas, retratos y desnudos, además de compartir paletas cromáticas similares. Tamayo influyó en su trabajo al transmitirle conocimientos técnicos, como el uso de la acuarela.
En 1936, María Izquierdo incorporó elementos del surrealismo a su obra, influenciada por su amistad con el poeta francés Antonin Artaud. Su lenguaje artístico se nutrió tanto de las vanguardias como de la cultura popular mexicana, creando una propuesta profundamente personal.
A pesar de su relevancia, enfrentó la exclusión del circuito muralista, dominado por Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, quienes bloquearon sus intentos de realizar murales en la Ciudad de México. María Izquierdo falleció en 1955 a causa de una embolia, pero su legado permanece vivo. En reconocimiento a su aportación al arte, la Unión Astronómica Internacional nombró un cráter del planeta Mercurio en su honor, inscribiendo su nombre no solo en la historia del arte, sino también en el cosmos.




