La muerte sigue siendo uno de los grandes enigmas de la humanidad. Mientras algunos creen en la reencarnación o en la resurrección del alma, otros están convencidos de que la vida termina con el último aliento. Sin embargo, dejando de lado las creencias, la ciencia tiene respuestas claras sobre lo que ocurre con el cuerpo cuando el corazón deja de latir.
Para certificar que una persona ha fallecido, se debe comprobar la ausencia de pulso y de respiración durante un minuto, además de revisar la reacción de las pupilas a la luz, explica Clare Gerada, médica del Colegio Real de Médicos Generales de Reino Unido. Si persisten dudas, existe un procedimiento doloroso: frotar con fuerza el esternón. Si la persona aún vive, reaccionará de inmediato.
Cuando el corazón deja de latir, la sangre deja de circular, se espesa y comienza a acumularse en las zonas más bajas del cuerpo por efecto de la gravedad. Este fenómeno se conoce como livor mortis. Al mismo tiempo, el cuerpo empieza a perder temperatura.
Entre las cuatro y seis horas posteriores ocurre el rigor mortis, el endurecimiento de los músculos, que inicia en los párpados y mandíbula, para después extenderse al cuello, brazos y piernas. Este proceso puede durar de 36 a 48 horas, dependiendo de las condiciones ambientales.
Sin oxígeno, las células dejan de producir energía (ATP) y mueren. En consecuencia, las enzimas internas comienzan a desintegrar los tejidos, creando un ambiente propicio para bacterias y hongos que descomponen el cuerpo.
Durante esta etapa, se liberan compuestos como la putrescina y la cadaverina, responsables del olor característico de la descomposición, además de gases que inflaman el cuerpo temporalmente.
La velocidad de la descomposición depende del entorno. Según la curadora Carla Valentine, bajo tierra el proceso puede tardar hasta ocho veces más que al aire libre. En ambientes secos, como el desierto, el cuerpo puede momificarse, conservando la piel endurecida y oscura, como si fuera cuero.
Uno de los mitos más comunes es que el cabello y las uñas continúan creciendo tras la muerte. La realidad, aclara la funeraria Caitlin Doughty, es que no lo hacen: el cuerpo se deshidrata y la piel se retrae, dando la ilusión de que uñas y vello son más largos.
Así, lo que ocurre después de la última respiración es un proceso biológico complejo, que durante siglos alimentó leyendas, pero que hoy la ciencia puede explicar con claridad.